Por Matilde Araya Matus.- El micelio del hongo ostra se convierte en una alternativa sostenible para crear nuevos materiales y reducir la dependencia de insumos contaminantes. El uso del micelio del hongo ostra para fabricar biomateriales está emergiendo como una de las innovaciones más prometedoras para reducir el impacto ambiental de la construcción y la industria. Con sustratos agrícolas como la paja y residuos lignocelulósicos, estos compuestos logran propiedades estructurales comparables a materiales tradicionales, pero con una huella ecológica mínima. Las investigaciones recientes detallan su potencial para transformar múltiples sectores productivos.
Un material vivo que moldea el futuro
El aprovechamiento del micelio ha tomado fuerza gracias a su capacidad de crecer sobre desechos agrícolas, formando estructuras resistentes, ligeras y completamente biodegradables. Estudios recientes muestran que hongos como Pleurotus ostreatus (hongo ostra) pueden colonizar paja, aserrín o bagazo, consolidando los sustratos mediante redes de hifas que actúan como aglutinante natural. Este proceso permite obtener paneles, bloques o espumas biológicas capaces de competir con materiales convencionales de alto impacto ambiental.
En palabras del profesor Sergio Cruzat, Ingeniero en Bioprocesos de la PUCV, el proceso es fácil: “es nada más que tomar el cartón, limpiarlo, triturado, mezclarlo con agua, porque el sustrato tiene que estar húmedo, en una proporción 60— 40%. Luego eso se esteriliza con calor y una vez que el sustrato está esterilizado, crece entre 15 y 20 días, y finalmente el material se moldea y se mete a un horno donde se endurece”. Lo que explica el profesor es que, con la guía correcta, cualquier persona tendría la capacidad de hacer biomateriales. No de manera industrial, pero sí para uso artístico en menor escala, cualquier persona que tenga la iniciativa de aprender podría hacerlo.
A diferencia de materiales como el poliestireno expandido o los ladrillos cocidos, el micelio crece con un gasto energético mínimo y utilizando residuos que normalmente terminarían desechados. Su producción requiere calor, pero no derivados del petróleo, por lo que genera una alternativa viable en contextos donde la contaminación industrial es crítica.
De los hongos al diseño industrial
La versatilidad del micelio ha despertado interés en campos que van desde la arquitectura hasta la manufactura de artículos domésticos. Su estructura fibrosa permite crear biotabiques, paneles aislantes y recubrimientos con propiedades térmicas y acústicas favorables. Investigaciones en México demostraron que los hongos locales pueden adherirse eficazmente a sustratos como paja de maíz, logrando prototipos de bioespumas, que resisten el manejo y mantienen su forma tras el secado.
A nivel internacional, las tendencias reflejan un crecimiento acelerado del uso de micelio como base para nuevos materiales. Una revisión de patentes entre 2009 y 2018 identificó 47 desarrollos que utilizan hongos para aplicaciones en empaques, textiles, automóviles y elementos constructivos. Estados Unidos y China lideran estas innovaciones, especialmente mediante empresas dedicadas al desarrollo de compuestos biológicos.
Los biomateriales hechos con hongos son ignífugos, hidrofóbicos y totalmente biodegradables. El profesor Cruzat explica una de las ventajas de esta técnica: “Dentro de las principales ventajas están que es un material hidrofóbico, es liviano, resistente, y principalmente ecológico, lo puedes compostar. Entonces el material es una alternativa excelente en relación con el plástico, al concreto y otros materiales de construcción.”.
La industria ha notado que el micelio puede igualar o incluso superar algunas propiedades mecánicas de los materiales sintéticos sin generar residuos persistentes. Además, la posibilidad de moldearlo en cavidades tridimensionales facilita su adaptación a procesos industriales existentes.
Sustratos agrícolas como fuente para una economía circular
El uso de residuos como paja, maíz, aserrín, cartón o papel convierte al micelio en el eje de un modelo de economía circular. Estos desechos aportan celulosa y lignina, nutrientes esenciales para que el hongo digiera y transforme el sustrato en un compuesto sólido y funcional. Al integrar la biotecnología con la gestión de residuos, se reduce la presión sobre los recursos naturales y se ofrece una alternativa a materiales no reciclables.
Los estudios muestran que la composición del sustrato influye en las propiedades del producto final. Los biocompuestos con alto contenido de celulosa, por ejemplo, han registrado mayor resistencia estructural y mejor cohesión interna. Este comportamiento abre la posibilidad de diseñar materiales específicos para cada necesidad industrial.
La biodegradabilidad completa del micelio refuerza su atractivo en mercados donde la sustentabilidad se ha vuelto una exigencia. Los productos fabricados con hongos pueden desintegrarse sin liberar contaminantes y sin requerir procesos complejos de reciclaje. Esto los posiciona como una respuesta eficiente a la crisis de residuos sólidos y al agotamiento de materias primas tradicionales.
Un material biológico para una era sostenible
El micelio del hongo ostra emerge como un catalizador para la innovación sostenible en distintos sectores industriales. Su capacidad para convertir residuos en materiales útiles lo convierte en un recurso estratégico ante la crisis climática y la reducción de materias primas no renovables. Las investigaciones y patentes recientes subrayan su potencial transformador, abriendo nuevas posibilidades para sustituir gradualmente materiales contaminantes.
Con avances en bioprocesos, control ambiental y diseño de sustratos, estos biomateriales podrían integrarse cada vez más en la arquitectura, el diseño de productos y la manufactura limpia. La transición hacia una economía circular encuentra en el micelio una solución accesible, escalable y profundamente coherente con los desafíos del presente.
Pero tiene unas limitantes, y es la producción en masa, especialmente en Chile. El profesor la explica: “las desventajas serían, que este proceso toma entre 20 y 15 días. Las empresas requieren tener millones y millones de materiales de un día para otro. La otra es que no hay mucha gente que se dedica a esto, no se ha masificado tanto y no se ha llegado a un nivel industrial aquí en Chile. Entonces hay que estandarizar el proceso productivo.”. Estas limitantes retrasan la viabilidad del proyecto, el cual parece no poder detenerse.
Bibliografía
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